¿Las plantas sienten?

“Cuando yo uso una palabra –insistió Humpty Dumpty con un tono de voz más bien desdeñoso– quiere decir lo que yo quiero que diga…, ni más ni menos.

–La cuestión –insistió Alicia– es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.

–La cuestión –zanjó Humpty Dumpty– es saber quién es el que manda…, eso es todo.”

Alicia en el País de las Maravillas

Alin, un alumno de 4º de ESO, me ha parado en el pasillo esta mañana para preguntar mi opinión sobre una entrevista publicada en El Heraldo de Aragón el pasado día 18 de Mayo (2017). La periodista Patricia Luna había buscado un titular atractivo, “Las plantas son mucho más sensitivas que los animales”. En la entradilla del artículo Luna aumentaba el interés al plantear las siguientes preguntas “¿Cómo se comunican las plantas? ¿Son seres inteligentes? ¿Tienen vida social? ¿Colaboran altruistamente con otras de su misma especie?“

Resulta más cómodo buscar incoherencias ajenas que propias. Por eso, generalmente, cuando alguien hace referencia a este tipo de artículos, es porque quiere mostrar las incoherencias de tu forma de vida libre de productos animales para no tener que cuestionar sus propios hábitos diarios.

Pero Alín no tiene esta actitud. Sin ser alumno mío ha asistido a actividades sobre respeto animal fuera de horario escolar, me ha mandado correos preguntando dudas sobre el tema y ha mostrado su punto de vista. Claramente es una persona interesada en el tema. La conversación con él ha generado en mí esa rara sensación de que alguien me plantea la posibilidad de la sintiencia vegetal con el fin de aprender sobre la cuestión y no para acallar su conciencia o buscar satisfacción personal en supuestas contradicciones ajenas.

plantas

Me había oído decir que lo que nos hace diferentes a la mayoría de los animales del resto de organismos vivos es la capacidad de sentir (decimos “la mayoría” porque animales como las esponjas, no sienten). Pero había encontrado una entrevista que, contradecía lo que yo había defendido. La persona entrevistada, además, tenía una formación sobre el tema claramente superior a la mía. La periodista lo presentaba de la siguiente manera “Stefano Mancuso (Italia, 1965), director del Laboratorio Internacional de Neurobiología Vegetal de la Universidad de Florencia (Italia) y una de las máximas autoridades mundiales en neurobiología vegetal”.

Artículos que hablan de “plantas que sienten” hay muchos; unos están escritos por personas con una visión esotérica y que por tanto no merecen respuesta. pero otros sí están firmados por científicos reconocidos (generalmente bioquímicos o biólogos especializados en el campo de la botánica) que, aparentemente no tienen esta visión, y por tanto deben ser analizados. Algunos de ellos muestran datos objetivos, pero en la interpretación de los hechos y la expresión de las observaciones empíricas se recurre a términos que generen confusión, priorizando el uso de aquellos que despiertan emociones en el lector, a pesar de existir alternativas más precisas.

Sin embargo, cuando leemos que un “neurobiólogo vegetal” habla literalmente de relaciones de amistad entre plantas, tendemos a aceptar que el término utilizado es el apropiado. No somos conscientes de que puede haber distintas motivaciones que pueden llevar a un autor a buscar palabras más llamativas para el lector. Algunos motivos pueden ser legítimos. La riqueza de vocabulario técnico para un campo concreto puede ser muy alta, sin embargo sólo una pequeña parte es accesible al público no experto. Eso permite a la investigadora emplear la terminología adecuada en publicaciones técnicas, pero debe recurrir a un vocabulario accesible al tratar de contribuir a la divulgación científica.

Esa investigadora -como ocurre con Mancuso- podría ser la directora de un equipo científico, con la responsabilidad de lograr fondos para su proyecto de investigación. En ese caso podría verse beneficiada por un interés mediático y para ello podría transmitir los resultados de sus estudios recurriendo a expresiones y términos que despierten un mayor interés social. Un titular como “Descubierta una compleja ruta metabólica vegetal que ante la agresión X genera una respuesta específica incluso con una intensidad menor que la necesaria para producir respuesta en el reino animal” no llama la atención. Sin embargo cuando leemos el titular “Las plantas son mucho más sensitivas que los animales”, es más probable concluir que el contenido del artículo merece nuestra atención. Por eso los autores que logran la emoción encuentran más repercusión mediática que quienes priorizan la precisión.

A pesar de que es una obviedad, debemos tener en cuenta  que el campo de la investigación y la divulgación científica está compuesto por personas. Entre esas personas hay una parte que sienten -habitualmente con razón-  que la sociedad no les reconoce su esfuerzo y resultados como debería. Es posible que este también sea el caso de Mancuso. Posiblemente, tras muchos años de dura investigación esté cansado de ver cómo los medios de comunicación prestan una gran atención a los artículos publicados por sus colegas en el campo de la etología, mientras que las publicaciones botánicas apenas despiertan ningún interés. Pero el autor sabe que jugando ligeramente con las palabras -o interpretando los hechos de forma inusual- puede lograr que periodistas de otros países contacten con él, sin necesidad siquiera de publicar un artículo nuevo, como ha ocurrido con la entrevista a la que nos referimos. Utilizando expresiones llamativas puede conseguir que la sociedad deje de considerar el mundo vegetal como algo aburrido e incluso puede superar la fascinación que generan los animales.

En algunos casos el sentimiento de frustración puede convertirse en una obsesión que lleve a algunos autores a defender posturas absurdas, al creer haber logrado demostrar que todos sus colegas estaban equivocados sobre un tema concreto. A mediados del siglo XIX, Samuel Rowbotham decidió hacerse un hueco en la Historia afirmando que la Tierra es plana, y que todas las pruebas aportadas por personalidades como Pitágoras, Copérnico o Galileo eran falsas. El hecho de que actualmente dispongamos de imágenes de satélite que muestran la curvatura de nuestro planeta, y muchas otras pruebas irrefutables que reflejan que nuestro planeta es un esferoide oblato, todavía hoy el número de adeptos a la “teoría” de la Tierra Plana, sigue creciendo. De hecho, el colectivo de científicos que defienden esta visión están organizados desde que en el año 1956 el astrónomo Samuel Shenton crease la “International Flat Earth Society”.  Desde entonces han publicado decenas de artículos “científicos” y cientos de geógrafos, astrónomas, físicos, etc. se han sumado a esta corriente.

Aunque nos pueda resultar gracioso, hay un problema detrás de estas personas, pues supone -como ocurre con las “medicinas” alternativas- que quienes se dedican a la investigación y a la difusión científica se vean obligadas constantemente a refutar estas posturas pseudocientíficas en lugar de emplear ese tiempo, energía y recursos al avance del conocimiento científico.

Esta historia se repite también en el campo de la “neurobiología vegetal” del  que Mancuso forma parte. En 2007, un grupo compuesto por 33 expertas en fisiología vegetal publicó un artículo titulado Plant neurobiology: no brain, no gain en la revista TREND in Plants Science. El texto, a pesar de negar con datos y razonamientos científicos el propio concepto de “neurobiología vegetal” podría incluirse también en la categoría de manifiesto, por la indignación que transmite ante quienes, como Mancuso, sitúan una entelequia al nivel de la ciencia.

El escrito comienza así: “Los últimos tres años han sido testigos del nacimiento y la propagación de una idea provocativa en la ciencia botánica. Se ha sugerido que las plantas superiores tienen nervios, sinapsis, el equivalente a un cerebro localizado en las raíces, e inteligencia. La idea ha atraído a un número de adeptos al tema, se han celebrado reuniones en diferentes países para abordar el asunto, y se ha llegado incluso a fundar una sociedad internacional dedicada a la “neurobiología vegetal”. (…) Comenzamos afirmando simplemente que no existe evidencia alguna de que las plantas posean estructuras tales como neuronas, sinapsis o cerebro.”

Puede ocurrir también que una autora sienta tanta pasión por el campo que estudia que busque términos igual de apasionados para transmitir sus conocimientos. No es raro, por ejemplo, por parte de los ecólogos, utilizar expresiones metafóricas como “el ecosistema marino está sufriendo”, “la Tierra grita” o incluso “La Madre Tierra nos pide ayuda”. Entre quienes usan estas expresiones, hay una parte consciente de que la Tierra no puede sufrir o pedir ayuda, pero consideran que es adecuado hablar de esta manera porque asumen que se entiende que están empleando las palabras con acepciones diferentes a las que se les otorga habitualmente. Por tanto este uso de los términos no pone en cuestión la capacidad científica de los ecólogos implicados; ponen en cuestión nuestra capacidad de interpretación.

Pero como se ha adelantado, hay una parte menos significativa del campo científico que cree de forma literal que nuestro planeta está pidiendo ayuda como lo haría una persona que se está ahogando. También hay médicos que defienden la numerología, la urinoterapia, el reiki o las oraciones como forma válida de enfrentar una determinada enfermedad. Estas visiones sí que ponen en cuestión la capacidad científica del autor,, pero también ponen cuestión nuestra capacidad para el pensamiento crítico. Que alguien tenga una titulación determinada, no nos exime de la responsabilidad de evaluar la sensatez de su postura.

Para profundizar más en estas cuestiones la entrevista a Stefano Mancuso son un recurso difícil de equiparar. Ante la pregunta  “¿Entonces sentir es su (de las plantas) única forma de supervivencia?”, responde lo siguiente “En efecto, sienten que algo cambia en su ambiente mucho antes que los demás, para así poder prepararse. En este sentido, las plantas son organismos conscientes. Cualquier planta conoce exactamente cómo es el mundo físico que la rodea, y es capaz de detectar los cambios en otros organismos a su alrededor, por ejemplo de otras plantas. Son capaces de cambiar su fisiología para contrarrestar el cambio y sobrevivir. “

Estas palabras pueden aplicarse, en realidad, a todo ser vivo. Porque la capacidad fisiológica de interactuar con el medio que describe el autor es una función vital, la función de relación. La vida exige que quien la posee sea capaz de responder a las variaciones ambientales. En el momento en el que no se responde a los estímulos externos de la forma adecuada el sistema colapsa y el organismo muere.

El autor no dice nada que no sea cierto, simplemente decide utilizar el término “sentir” para referirse a esta función vital. El problema es que sentir implica no solo responder a estímulos, sino que incluye la capacidad de tener experiencias positivas o negativas. Pero el investigador aquí no defiende explícitamente que las plantas puedan experimentar sensaciones de placer y dolor; quizá lo haya evitado por el pudor de saber que esta capacidad tuvo que esperar al menos a la explosión evolutiva del Cámbrico hace 540 millones de años, con la aparición de sistemas nerviosos centrales capaces de transformar los estímulos externos en sensaciones.

No vacila en utilizar términos como “amistad”, “comunicación”, “altruismo” o “inteligencia” para hablar de estudios que se conocen desde hace décadas. Por ejemplo dice “(Las plantas) Tienen una vida social muy rica, son capaces de interactuar entre ellas de la misma manera que los animales y a veces de forma mucho más compleja. Por ejemplo, las plantas normalmente compiten por el territorio con otro tipo de plantas y especies e incluso dentro de la misma especie si no son parientes. Si son parte del clan, en ese caso no compiten, sino que comparten el territorio de una forma amistosa.”

Hay numerosos estudios que demuestran la capacidad de algunas especies vegetales (así como de hongos o bacterias) para eliminar la presencia de otras especies y fomentar la de los organismos evolutivamente más cercanos (generalmente de su misma especie) o de organismos alejados evolutivamente pero cuya presencia les beneficia (como ocurre con la relación simbiótica de los líquenes). Solo tenemos que pasear por un pinar y veremos cómo las acículas que han caído al suelo impiden el crecimiento de especies vegetales competidoras, mientras fomentan la proliferación de organismos de su misma especie. Se trata de hechos indiscutibles. Lo que sí se puede discutir es la conclusión de que estos procesos biológicos reflejan amistad o enemistad.

Otro ejemplo es su alusión a la “comunicación” entre plantas. Este término puede llevar al lector a pensar en una intencionalidad del emisor y una interpretación racional del mensaje por parte del receptor. En el campo de la etología nadie muestra reticencia a utilizar el término “comunicación animal” y cada vez es más frecuente el uso de “lenguaje animal”. Porque se sabe que hay una intencionalidad. Quienes vivimos con perros les habremos visto cómo nos piden agua o comida de muchas formas distintas. Nadie duda de que son conscientes de lo que hacen y que lo hacen con una intención concreta.

Diferentes estudios muestran cómo algunos vegetales (y bacterias) producen una respuesta química ante una agresión exterior y este producto químico es utilizado por sus congéneres como estímulo para prepararse ante esa misma agresión. El hecho de que no haya intencionalidad por parte del primer organismo, no impide que se trate de un proceso fascinante en sí mismo. El inconveniente es que parece que la fascinación que siente Mancuso, le empuja a utilizar términos pasionales que pueden conducir a interpretar mal  los hechos objetivos.

Si aceptamos la visión de Mancuso según la cual la comunicación es un proceso biológico como el descrito, quizá debamos crear otra palabra para referirnos a lo que hacemos los animales, porque utilizar el mismo término no hará que el mecanismo sea el mismo; o al menos debemos ser conscientes de que se trata de una acepción diferente a la que estamos acostumbrados. Los animales, al igual que las plantas, elaboramos respuestas ante estímulos químicos que liberan otros animales o que encontramos en el ambiente. Pero cuando hablamos de comunicación en el reino animal, no nos referimos a esas respuestas hormonales, nos referimos a procesos en los que está implicado el sistema nervioso central.

La “inteligencia vegetal” es otro de los temas favoritos de quienes componen la “neurobiología vegetal”. Paco Calvo, profesor de la Universidad de Murcia, licenciado en filosofía y miembro, junto con Mancuso, del “Minimal Intelligence Lab” (Laboratorio de Inteligencia Mínima) también defiende la existencia de una “inteligencia vegetal”. Debido a que no dudan en compararla con la inteligencia animal y dado que, en términos generales hay consenso en el campo de la etología en que la inteligencia de un delfín o una humana es superior a la inteligencia de un nemátodo, podríamos sentirnos tentados en escribir un correo electrónico al señor Calvo para preguntarle si las capacidades cognitivas de una acelga son superiores o inferiores a las de una tomatera, o si podía determinarse el cociente intelectual de un pino resinero. Yo me tomé la molestia en hacerle llegar estas preguntas.

El Dr Calvo podía haber respondido con una elaborada e imaginativa excusa para justificar que la “inteligencia vegetal” no puede ser cuantificada ni en términos absolutos, ni en términos relativos (algo que sí puede hacerse con la inteligencia animal) o podía haber hecho un ejercicio de honestidad y reconocer que la “inteligencia” de la que hablan no tiene relación con lo que comunmente entendemos por inteligencia y que por tanto no es comparable a la animal; pero el profesor se limitó a contestar con un decepcionante y escueto “¿Quién eres?”. Desconozco si esa respuesta se debió a que el profesor, fue capaz de detectar la burla en el contenido de la pregunta a pesar de que la forma con la que le escribí trataba de ocultarla; o consideró que sólo una persona trastornada podía plantear cuestiones tan ridículas. Sin embargo estas dudas ridículas son coherentes con su postura.

Calvo o Mancuso no han sido los primeros en recurrir a términos propios del reino animal para describir procesos botánicos. Jean-Marie Pelt, apodado el Konrad Lorenz de las plantas, consiguió sorprender a la sociedad con los secretos que esconde el reino vegetal. Más tarde, utilizando la pantalla, lo haría el magnífico David Attenborough. Ninguno de los autores hubiese logrado transmitir sus conocimientos y despertar el interés popular hacia la botánica si hubiesen renunciado a utilizar un lenguaje sensacionalista. Pero que ellos no tengan otra alternativa, no exime a su público de la responsabilidad de estudiar su mensaje con análisis crítico y un cierto escepticismo.

En realidad, el uso de la metáfora -o  la exageración- también se da en el estudio del comportamiento animal. Recuerdo la narración que hizo un profesor de etología, experto en mirmecología, sobre el apareamiento de la mariposa monarca. Contaba que dos estudiantes alemanes habían conseguido dos capullos con sus respectivas pupas en el interior en pleno proceso de metamorfosis. La primera noche de luna llena surgieron los imagos. Uno era una mariposa macho y el otro era una hembra. El macho salió por la ventana de la habitación y atraído por las feromonas de la hembra recorrió más de diez kilómetros hasta la casa del segundo estudiante. La explicación del profesor fue amena y muy precisa en lo que se refiere  a la respuesta hormonal, pero fue adornada con expresiones como “la hembra envió a su pareja una carta transportada por el viento en la que le decía dónde encontrarla,  el macho fue en su busca y consiguió entrar a la habitación, donde hicieron el amor hasta el amanecer”. Los hechos objetivos son indiscutibles, los conocimientos del profesor sobre el tema también lo son, pero habría que preguntarse si las palabras no reflejaban su entusiasmo personal y la influencia del dañino ideal de amor romántico.

Todas las respuestas que el investigador Mancuso nos proporciona en la citada entrevista son similares. Tienen una base científica incuestionable, pero son adornadas con expresiones y términos que pueden llevar a confusión.

De los “errores” que comete quizá el más relevante sea el primero, utilizar las palabras “sentir” y “consciencia” cuando se refiere a procesos de interacción con el medio propios de todo ser vivo. Es un error que tiene consecuencias éticas relevantes. Porque sólo quien siente puede tener sensaciones de placer o dolor y, dado que nuestros actos le pueden beneficiar o perjudicar, debe ser considerado moralmente. Del mismo modo que una persona que no ve, no tiene interés por un bello paisaje, o quien no tiene unos conocimientos matemáticos altos, no tiene interés en asistir a un curso sobre el espacio euclídeo; quien no tiene capacidad para disfrutar de la vida, no puede tener interés por la vida.

Cuando una experta en arte nos habla de lo que nos “dice” un cuadro o comenta que las esculturas de Michelangelo “están vivas”, entendemos que es una forma de hablar. Incluso si esa persona experta defendiese que el término “vida” es perfectamente aplicable a una escultura, entenderemos que esa “vida” nunca será igual a lo que habitualmente nos referimos cuando hablamos de vida. Pero si un botánico afirma que las plantas “sienten”, parece que hay una mayor receptividad social a acoger el término en su significado literal. Pueden hacerlo por ignorancia honesta; no saben lo que la palabra “sentir”  realmente significa o desconocen que las plantas carecen de sistema nervioso o estructuras biológicas similares que puedan desempeñar la misma función. Pero también pueden hacerlo porque aceptar la idea de que las plantas sienten les ayuda a concluir que comerse a un animal al que han matado con este fin no es peor que comer una planta.

En realidad, igual que saben que la “vida” de las esculturas de Michelangelo no tiene nada que ver con la vida de los seres vivos, saben que la capacidad de “sentir” de las plantas, no puede equipararse con la capacidad de sentir de los animales.

Pero hagamos un ejercicio para finalizar. Supongamos por un momento que tienen razón. Aunque nos resulte ridículo aceptemos que al arrancar una acelga le estamos generando tanto dolor como el que le causamos a un cordero al cortarle el cuello en un matadero. Imaginemos que las plantas pueden sentir de la misma forma que lo hacemos los animales. Olvidémonos de todas las publicaciones que demuestran la relación entre el sistema nervioso y la capacidad de sentir, y prestemos atención sólo a aquellos artículos minoritarios que parecen decir lo que algunas personas quieren escuchar. Aceptemos que la sintiencia es independiente del sistema nervioso. Incluso en ese caso sería más coherente el uso de productos vegetales al uso de productos animales. Porque para producir animales es necesario alimentarlos con miles de plantas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *